El día que fuí minero

Un día del siglo pasado realizamos un viaje de curso desde el inverosímil pueblo de Santa Cruz a Fantasilandia. Como mi colegio tenía cursos chicos, de menos de veinte alumnos, hicimos dicho viaje con los cabros del curso inmediatamente inferior a nosotros (no recuerdo en que año fue, creo que eramos octavo y séptimo respectivamente, pero no estoy seguro). Una de las atracciones top del parque de diversiones, en ese tiempo, era el Black Hole, que básicamente es tirarse por un desagüe en una balsa tras soportar una fila eterna de gente que quería hacer lo mismo. 
Figura N°1: El Black Hole.
Según la página de Fantasilandia no se debe jugar dentro del tubo con la balsa, puesto que esta puede voltearse. Eso no lo entendió el compañero de curso que iba en la balsa anterior a la nuestra, dado que fue lo primero que hizo, haciéndonos chocar por alcance. Imagínese, señor lector, la siguiente escena: cuatro cabros chicos en dos balsas, inmovilizados en la mitad de la nada, sin luz casi, adentro del aparato digestivo de una serpiente plástica de varios metros de largo. Le gritamos al encargado que estábamos atrapados para que hiciera algo. Segundos más tarde una tercera balsa choca con la nuestra y el tipo nos logra desatorar haciendo que terminemos el juego sin heridos ni muertos que lamentar. Un par de años más tarde estuve atrapado por varios años a 85 metros al norte, pero esa es otra historia. (N.d.E: ¿o debería decir aún estoy?)
Figura N°2: 85 metros, gentileza de google.

En donde, el punto A indica el Black Hole y el punto B pues… kjjjjjjjj… Adelante, estudios…

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