Abaelardus: el príncipe fuerte.

Esta historia ocurre en 1995 (o por ahí).

Quizás muchos de ustedes ni nacían y otros eramos pequeños niños. Era una época sin celulares como el desde donde escribo y ocurrió en la carretera en la que voy en un bus en estos momentos.

Mi madre se acababa de enterar de la muerte de una de sus primas en el sur y se puso de acuerdo con mi abuelo (su papá) para que él tomara un bus de Santiago a San Fernando donde lo pasaríamos a buscar rumbo a Temuco, donde iba a ser el velorio y el funeral. El ponerse de acuerdo era en esos tiempos mucho mas difícil que enviar un mensaje por Whatsapp: había que ir a un teléfono de red fija, llamar y esperar que estuviera en casa. Y hacer cambios sobre la marcha era sumamente difícil.

Cuento corto: fuimos a San Fernando, esperamos como 4 horas a mi abuelo y como no llegó  (y no nos podíamos contactar con él) decidimos irnos a Temuco.

Un par de horas más tarde… cuando pasamos por Linares vi una silueta que me parecía familiar: “oye el se parece al abuelo Abelardo” les dije a mis papas.  Efectivamente no solo se parecía: era mi abuelo quién estaba esperando que pasara un bus a Temuco. Paramos y se subió al auto.

Lugar de los hechos. La garita frente a los pacos de Linares

¿Qué había pasado?

Mi abuelo no encontró pasajes a San Fernando y solo pudo comprar un pasaje a Linares. Y como se lo cobraron completo él decidió bajarse ahí y porque el no iba a regalar plata a ninguna empresa. Obvio. Se bajó en Linares y paso la noche en el retén de carabineros del frente. Cuando era la hora en que empezaran a pasar buses él cruzó y ahí lo vi.

Más allá de la anécdota, sigo encontrando poco probable que esto ocurriese de la manera en que ocurrió. Mi abuelo fue un ser humano con una habilidad para tomar bebidas calientes excepcional, físicamente y psicologicamente parecido a Abraham Simpson y con una memoria increíble para recordar información de sus parientes… salvo la última vez que conversamos: estuvimos harto rato hablando, me contó de mi mamá y de mi, y luego se despidió diciéndome “mucho gusto conocerle”. En su mente yo seguía siendo un niño. Poco después falleció, un día como hoy, hace 3 años.

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