Esta entrada no contiene spoilers de Coyote vs. Acme. Dicho eso, recomiendo mucho ir a verla.

El coyote que somos

En 2012 escribí que iba a ser un Coyote. No sé si efectivamente se cumplió, pero al menos sigo intentando atrapar objetivos que probablemente no existen. Para quienes crecimos viendo televisión, el Coyote era eso: un ser complicado (mitad genio/mitad fracaso) que siempre estaba intentando. El Correcaminos era casi lo de menos. Lo importante era la trampa, el invento de ACME, la planificación perfecta y esos segundos en que parecía que, esta vez sí, lo iba a conseguir. Después venía la explosión, el precipicio, la roca encima de la cabeza y esa mirada de resignación. Y al capítulo siguiente, de nuevo. Otro plan. Otra trampa. Otra oportunidad.

Quizás de niños nos reíamos porque sabíamos que nunca iba a atrapar al Correcaminos. De adultos, en cambio, el Coyote empieza a dar un poco de pena porque entendemos demasiado bien lo que está haciendo. El Coyote no persigue realmente al Correcaminos. Persigue la idea de que, si alguna vez consigue atraparlo, finalmente va a estar bien. Y eso es bastante parecido a lo que hacemos nosotros. Esperamos el próximo sueldo, un mejor trabajo, el nuevo proyecto, la siguiente compra o reconocimiento… ese eterno ‘cuando tenga esto voy a estar tranquilo’. El problema es que siempre aparece otro Correcaminos. Quizás la felicidad no sea alcanzar aquello que perseguimos, sino aprender a disfrutar el camino mientras seguimos intentando.

En eso iba la vida y, hace un par de años, después de una pandemia horrible, leo que van a hacer una película: Coyote vs. Acme. La premisa es genial: el Coyote se da cuenta de que quizás no es él quien falla, sino la empresa ACME, que fabrica todas esas herramientas que terminan explotándole en la cara. Así que hace lo que cualquiera de nosotros haría: demanda a ACME. Una idea genial, simple y distinta. Y para nada nueva. Fue en 1990 cuando Ian Frazier publicó en The New Yorker un articulo satírico al respecto.

La película se filma en 2022 y queda lista para llegar a los cines en 2023. A centímetros de estrenarla, el estudio que la financió decide destruirla para convertirla en una deducción de impuestos. La historia de su propia realización parece otro capítulo de los dibujos animados: un personaje intentando llegar a un objetivo mientras una empresa gigantesca le pone una roca, un precipicio y un cohete en el camino. Lo más apropiado es que una película sobre el Coyote haya tenido que esperar años para poder existir. Incluso su estreno salió mal. Solo que esta vez, contra todo pronóstico, la película llegó a la pantalla.

Ayer fui a verla al cine. Me emocioné. Me reí. La película es una especie de Quién engaño a Roger Rabbit donde las actuaciones de John Cena, Lana Condor y Will Forte son sublimes, y la mezcla de animación 2D tradicional con el mundo real se siente fluida y nostálgica. Pero también pensé que quería ser parte de quienes decidieron verla ahí, en una sala, en vez de esperar a que apareciera en alguna plataforma o, directamente, piratearla. No porque tenga algo particularmente noble comprar una entrada de cine, sino porque después de tantos años en que esta película pareció condenada a desaparecer, me pareció que había algo bonito en decir: “Ya, Coyote, esta vez voy contigo”.

El proyecto Sísifo

En la mitología griega, Sísifo fue condenado a empujar una piedra montaña arriba para verla caer antes de llegar a la cima. Y entonces volver a empezar. Una y otra vez. Un castigo perfecto porque no hay fracaso posible: la piedra siempre va a caer. Lo único que queda bajo su control es decidir si la vuelve a empujar. No voy a explicar qué tiene que ver Sísifo con la película, porque Coyote vs. Acme lo explica bastante mejor que yo. Solo diré que pocas cosas podrían representar mejor al Coyote que la idea de pasar la vida empujando una piedra que inevitablemente va a volver a caer.

Es por eso que me gusta tanto el Coyote. No porque sea un ganador, sino precisamente porque nunca lo es. Su mérito está en levantarse después de cada caída y convencerse de que la próxima trampa podría funcionar. No necesita que funcione para volver a intentarlo. Ahí está su felicidad.

Y nosotros hacemos algo parecido, aunque nos cueste reconocerlo. Trabajamos en proyectos que pueden fracasar, perseguimos objetivos que quizás nunca alcancemos y volvemos a empezar después de haberlo hecho todo mal. Seguimos empujando piedras que sabemos que tarde o temprano van a volver a caer. Y aun así, seguimos empujándolas.

Ayer compré una entrada de cine para ver una película que durante años pareció condenada a no estrenarse. Probablemente no sirva de mucho. Pero ya está. Un pequeño grano de alpiste (o comida para pájaros, marca acme) para la próxima trampa del Coyote. Quizás esta vez funcione.

Adelante estudios.

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