Si estás pensando en recorrer el sur de Chile por tierra hasta la isla grande de Chiloé, este itinerario reúne naturaleza, historia, buena comida y encuentros inolvidables con fauna nativa. Desde clásicos de la Ruta 5 Sur como el Salto del Laja y el imponente Viaducto del Malleco, pasando por una pausa verde en Parque Estadio Germán Becker, el cruce del Canal de Chacao y la llegada a Castro, hasta la vida silvestre de Putemún y los senderos del Parque Tepuhueico. El regreso por el centro de Chillán cerró un viaje que combinó descanso, aventura y asombro.

Hace ocho años recorrimos esta misma ruta en un contexto muy distinto. Viajé con el grupo de adultos mayores de mi abuelita, que hoy 23 de febrero cumple 93 años. En ese entonces hicimos gran parte del trayecto de noche y con mucha menos autonomía, por lo que la experiencia fue completamente diferente. Si quieres leer esa versión del viaje, la dejé escrita aquí.

Esta vez partimos desde Santiago muy temprano, a las 6 de la mañana, para evitar los tacos. A la hora de almuerzo ya estábamos en las cercanías de Los Ángeles y el hambre empezaba a hacerse notar, así que nos acercamos a nuestro primer destino.

Salto del Laja

Hubo un tiempo en que el Salto del Laja era parte directa de la Ruta 5 Sur. Uno iba avanzando y, casi sin querer, el rugido del agua (y los tacos) anunciaban la parada obligada. Con la modernidad y las nuevas variantes de la carretera, quedó al costado como un hito turístico muy visitado, pero lejos de perder encanto se consolidó como estación perfecta para estirar las piernas.

Quizás las cascadas no siguen tan potentes como uno recuerda pero el entorno se ha llenado de opciones gastronómicas que se agradecen cuando llevas horas manejando. Platos contundentes y café cargado para seguir camino. Es de esos lugares donde el viaje comienza a sentirse como vacaciones.

Viaducto del Malleco

Más al sur aparece la silueta metálica del Viaducto del Malleco, altísimo, elegante y con ese aire de obra titánica de otra época. Inaugurado en 1890, fue durante años uno de los puentes ferroviarios más altos del mundo y símbolo del avance del ferrocarril hacia el sur.

La obra fue impulsada durante el gobierno de José Manuel Balmaceda y diseñada por el ingeniero chileno Victorino Aurelio Lastarria, hijo de Victorino Lastarria. Pensar en la ingeniería de fines del siglo XIX, sin la tecnología actual, y ver esa estructura elevándose sobre el acantilado más de 100 metros impresiona muchísimo. Uno lo cruza en segundos, pero se queda un buen rato en la cabeza.

Parque Estadio Germán Becker

En Temuco hicimos base por un día y dos noches. Fue el descanso perfecto antes de seguir hacia Chiloé. Aprovechamos de visitar el Estadio Bicentenario Germán Becker, hogar de Deportes Temuco, emplazado dentro del parque del mismo nombre.

El parque es un verdadero pulmón verde, con canchas, áreas amplias y hasta piscina olímpica. Justo cuando llegamos se estaba realizando un triatlón, así que el ambiente era aún más movido de lo habitual. También se instala una ruca donde se puede pedir muday, un detalle que le da identidad al lugar. Allí vimos por primera vez en este viaje a los loros choroy, cruzando el cielo en bandadas ruidosas. Fue como una bienvenida oficial al sur.

Cruce Chacao

El cruce del Canal de Chacao nos hace dejar el continente atrás. Tal como en nuestro viaje anterior, apenas subimos al ferry comenzamos a disfrutar de la fauna local. Cormoranes nadando, gaviotas planeando cerca de la embarcación, lobos marinos descansando en las boyas y pelícanos atentos a cualquier oportunidad. También pudimos ver los trabajos y cimientos del futuro Puente de Chacao, esa obra que lleva años en conversación y que algún día cambiará para siempre la forma de llegar a la isla. Por ahora, el ferry sigue siendo parte esencial de la llegada a Chiloé.

Putemún

En Putemún estaba la Cabaña Refugio Nothofagus, a pocos minutos de Castro pero lo suficientemente apartado como para sentir el silencio. Fue nuestra base para recorrer la isla y también nuestro refugio tras cada jornada. Este lugar nos recibió una tormenta intensa, que por suerte fue la única de todo el viaje. Al día siguiente amanecimos con la visita de dos carpinteritos que aprovechaban la humedad para remover cortezas y buscar insectos. Un espectáculo simple y perfecto desde la cabaña.

Fuimos al humedal de Putemún, santuario de la naturaleza desde 2022. Con marea baja el lugar era un festín de aves: pato jergón chico, zarapitos, pilpilén y gaviota andina, entre otros. Desde el muelle nos acompañaba un inquieto churrete patagónico. Horas más tarde, con la marea alta, el paisaje cambió por completo.

Y entonces ocurrió lo impensado: un martín pescador pasó a centímetros de nosotros, como si reclamara su puesto de caza. Si bien fue tan rápido que no logramos tomar fotos, ese instante valió el viaje entero.

Parque Tepuhueico

Tras una jornada de descanso para recuperarnos del viaje, nos preparamos para el plato fuerte: el Parque Tepuhueico.

El parque se divide en zona bosque y zona playa. Nos tomamos tanto tiempo en la zona bosque que fue la única que alcanzamos a recorrer, aunque la entrada permite acceder a ambas. Los senderos atraviesan un bosque siempreverde, con copihues, que parece sacado de otro tiempo y acompañan el curso de un río que más adelante desemboca en el lago. Un chucao se nos acercó muchísimo, curioso y confiado.

En uno de sus tramos el mismo río forma una pequeña catarata escondida entre la vegetación. Junto a esa caída de agua apareció uno de los encuentros más inesperados del día: un pequeño ratón arbóreo, diminuto y ágil, moviéndose entre troncos húmedos y raíces como si fuéramos parte del entorno. Tan propio del lugar que parecía otro habitante silencioso del bosque.

Más adelante, siguiendo el mismo río, llegamos a una pequeña playa y, tras unos diez minutos de espera paciente, reapareció nuestro viejo conocido, el martín pescador. Esta vez sí logramos fotos.

Lo que no pudimos fotografiar, aunque sí escuchar con claridad, fueron las ranas moteadas, invisibles pero presentes en cada rincón húmedo.

Como si el parque quisiera despedirnos con broche de oro, al final del recorrido aparecieron dos pudú. Uno de ellos se dejó observar y fotografiar unos segundos mientras comía nalcas. Pequeño, silencioso y perfectamente camuflado. Un regalo inolvidable.

Castro

Nuestro último día en Chiloé, antes de emprender el regreso, consistió en ir a Castro para despedirnos como corresponde. Caminamos por el borde costero para fotografiar los palafitos, esas casas sobre pilotes que ya son postal obligada y patrimonio de la humanidad.

Desde ahí avanzamos hasta la Iglesia de San Francisco de Castro, más conocida como la catedral de Castro. Su fachada amarilla con lila domina la plaza y no pasa desapercibida. Es una de las iglesias de Chiloé declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y, aunque uno haya visto fotos mil veces, estar ahí al frente tiene otra dimensión.

Entramos un momento. La madera, la altura interior y la luz que se filtra por las ventanas crean una atmósfera muy distinta a las catedrales de piedra del centro del país. Más cercana, más sureña, más acorde al paisaje que la rodea. Fue un cierre tranquilo, sin apuro. Un paseo por la plaza, algunas últimas fotos y esa recuerdo inevitable de que Chiloé siempre deja algo pendiente para volver.

Esa noche regresamos a Putemún y la naturaleza aún nos tenía guardado un último regalo: un cielo estrellado en una noche sin luna, perfecto para maravillarse. En el cielo santiaguino es relativamente fácil distinguir un par de planetas, Orión y poco más. Aquí, en cambio, había tantas estrellas que cualquier intento de identificación quedó de lado. Solo quedó mirar y disfrutar.

Centro de Chillán

Tras otro día de relajo emprendimos el regreso a la capital, con escala en Chillán. Recorrimos la catedral, el mercado y la plaza principal. Allí no solo se levantan monumentos a Bernardo O Higgins, sino también a Claudio Arrau, orgullo cultural de la ciudad.

Fue el cierre perfecto para un viaje que tuvo de todo: carreteras largas, ingeniería histórica, parques urbanos, tormentas inesperadas y encuentros cercanos con la fauna del sur. Chiloé siempre logra que uno quiera volver. Y nosotros, claramente, ya estamos pensando en la próxima vez.

Adelante estudios.

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