No soy un fotógrafo solar. De hecho, durante años casi nunca apunté una cámara hacia el Sol. La mayoría de las veces que lo hice fue por culpa de los eclipses, esos eventos poco frecuentes que siempre me han parecido fascinantes.
Mi primera fotografía del Sol ocurrió durante un viaje a Valparaíso en mayo de 2011. El día estaba nublado y las nubes reducían bastante el brillo, lo suficiente como para que me animara a apuntar la cámara hacia el disco solar. No era una técnica especialmente recomendable, pero en ese momento estaba más interesado en la fotografía que en las buenas prácticas de observación solar.


Lo divertido es que, quince años después, el 31 de mayo de 2026, volví a fotografiar el Sol de una manera no demasiado distinta. Uno podría pensar que después de varios eclipses y años de experiencia habría aprendido la lección, pero la curiosidad suele ser más persistente que la prudencia. Por supuesto, los filtros solares siguen siendo la forma correcta y segura de hacerlo, pero la realidad es que algunas de mis fotografías solares nacieron más de la oportunidad y la improvisación que de una planificación rigurosa.
Entre esos dos momentos ocurrieron varios eclipses.
Eclipses solares
El primero fue el eclipse parcial del 13 de noviembre de 2012, que me dio una excusa perfecta para volver a apuntar la cámara hacia el Sol. Años más tarde llegaron el eclipse de julio de 2019, el eclipse de diciembre de 2020 y el eclipse de octubre de 2024. Cada uno tuvo sus propios desafíos y particularidades, pero todos compartían la misma sensación: estar presenciando algo que ocurre lentamente en el cielo y que, sin embargo, parece extraordinario.
Durante mucho tiempo pensé que mi interés por el Sol estaba ligado exclusivamente a los eclipses. El Sol era el protagonista necesario de esos eventos, pero rara vez le prestaba atención por sí mismo. Lo observaba como escenario de un fenómeno más que como objeto de observación.
Por eso me sorprendió darme cuenta, hace muy poco, de algo que había pasado por alto durante años: las manchas solares.



Manchas solares observadas el 31 de mayo de 2026. Roté la imagen para recuperar la orientación solar a nuestra latitud.
Ya habían aparecido en algunas de mis fotografías anteriores, pero nunca les había prestado demasiada atención. Recién al revisar imágenes recientes comencé a fijarme en esos pequeños puntos oscuros que interrumpen la aparente perfección del disco solar. De pronto, el Sol dejó de ser una esfera uniforme y se transformó en algo mucho más dinámico: una estrella activa, cambiante y llena de detalles visibles incluso desde la Tierra.

Es curioso cómo funciona la observación. Uno puede mirar el mismo objeto durante años y aun así descubrir algo nuevo. Después de fotografiar eclipses, amaneceres, atardeceres y algunas apariciones ocasionales del Sol entre las nubes, recién ahora siento que estoy empezando a observarlo con más atención.
Al final, esta pequeña colección de fotografías solares no cuenta solamente la historia de algunos eclipses. También cuenta la historia de cómo fui aprendiendo a mirar. Desde aquella imagen tomada en un día nublado en 2011 hasta las fotografías más recientes de 2026, el Sol ha estado siempre ahí. Lo que ha cambiado es mi capacidad para notar detalles que antes simplemente no veía. Y entre esos detalles, las manchas solares han sido un descubrimiento inesperado y fascinante.
Adelante estudios.
